martes, 30 de agosto de 2011

LA ORACIÓN PODEROSA

La oración nos permite echar nuestras cargas

sobre el Señor (Sal 55.22) y recibir orientación

y ayuda de Él. Sin embargo, con demasiada

frecuencia no apreciamos este privilegio en

todo lo que vale y en lugar de recurrir al Padre

en oración, intentamos resolver nuestros

problemas por cuenta propia.

Usted y yo podemos experimentar el poder de

Dios en nuestra vida cotidiana si estamos

dispuestos a inclinarnos ante Él y buscarlo

sinceramente, reconociendo que de rodillas

somos más altos y más fuertes. Pero, ¿tenemos

que arrodillarnos cada ocasión que oramos?

No. Físicamente hay muchos que no pueden

hacerlo, por lo que la actitud de nuestro corazón

debe ser de temor reverente y sumisión al Dios

omnipotente. Si nuestro concepto de la oración

es correcto, podremos confiar en que Él

conteste nuestras peticiones.

Nehemías sabía ser alto y fuerte sobre

sus rodillas.

En su papel como copero del rey Artajerjes,

Nehemías tenía un puesto de mucha influencia y

probablemente vivía rodeado de lujos, pero como

era uno de los judíos cautivos no estaba en libertad

de ir adonde quisiera. Al saber que los muros de

Jerusalén estaban en ruinas y, por ende, vulnerable

a ser atacada, buscó a Dios en oración e hizo

duelo por algunos días (Neh 1.4). El Señor le dio

gracia con el rey, el cual le dio permiso para

ausentarse por un tiempo y a la vez suplió a los

exilados materiales de construcción y les brindó

protección militar (Neh 2.5-9). Además le dio

cartas para los gobernadores de las provincias

por las que pasarían en su camino a Jerusalén

para que les permitieran seguir adelante.

En varias ocasiones Nehemías buscó al Señor al

tropezar con problemas o amenazas, pidiéndole

fortaleza para continuar pese a las críticas y el

desaliento (Neh 4.1-5). Dios le concedió sabiduría

para enfrentarse a sus opositores (Neh 6.1-3) y

para defender las ciudades (Neh 4.18). Para

sorpresa de sus enemigos, los judíos reconstruyeron

el muro en 52 días y, lo más importante, tuvieron

un avivamiento espiritual como resultado de la

fidelidad de Nehemías.

¿Cómo debemos orar?

Reconociendo que Dios es el soberano del

universo. Nehemías dirigió sus oraciones al Dios

“fuerte, grande y temible” (Neh 1.5); sabía que

Él controla absolutamente todo (Sal 103.19). Por

lo que toca a nosotros, aunque estemos en las

circunstancias más difíciles nuestro Padre celestial

jamás deja de ser quien domina y controla el

universo.

Honrando la santidad de Dios. Cuando

Isaías vio al Señor en su gloria, se sintió

inmundo, aunque su vida era recta (Is 6.1-6).

Como humanos, todos estamos muy lejos de

lograr la santidad absoluta de Dios. Aunque Él es

nuestro Padre y se interesa por cada detalle de

nuestras vidas, no deja de ser soberano, lo que

implica que debemos acercarnos a Él con temor

y reverencia. Esas actitudes impulsaron a Nehemías

a ayunar y orar durante 4 meses. Recurrió a Dios,

no a sí mismo, para la solución de los problemas

de Jerusalén.

Arrepintiéndonos de nuestros pecados.

La Biblia nos enseña que Dios no escuchará

nuestras oraciones si consentimos al pecado

en nuestros corazones (Sal 66.18). El puede

ser bueno con nosotros y su benignidad nos

guía al arrepentimiento (Ro 2.4), pero debemos

confesar nuestros pecados. La pureza de corazón

y el poder de Dios siempre van unidos.

Reconociendo nuestra insuficiencia.

Nehemías no estaba preparado para reparar

muros ni había dirigido un ejército; como

exiliado, no era conocido por los judíos de

Jerusalén y ellos no tenían por qué obedecerlo.

Aún así, él confió en Dios y obedeció. Si Dios

nos ordena hacer algo, no nos dirá que hagamos

lo que podamos sin su fuerza y poder. Él nos

enseñará a depender completamente de Él y

nos dotará de todos los recursos necesarios.

Estando disponibles para que Dios nos

use. Nehemías estuvo dispuesto a obedecer lo

que Dios le ordenara hacer pues confiaba que

Él resolvería las dificultades que pudieran surgir.

Nosotros también tenemos acceso al Consejero

divino. Él conoce cada detalle de nuestras

aflicciones. ¿Estamos dispuestos a obedecer lo

que Él nos ordene? Dios cubrirá nuestros errores

y nos levantará cuando caigamos. A nosotros nos

toca obedecer.

Experimentando el poder del Espíritu

Santo que nos faculta para llevar a cabo

lo que Dios nos encomiende. El éxito de

Nehemías no se debió a su educación, su

personalidad o sus relaciones políticas, pues

había mantenido relación estrecha con el Padre

celestial y siempre recurrió a Él (Neh 2.4). Si

creemos ser indignos o insignificantes, recordemos

que Dios nos tiene en otro concepto y que nos ve

como individuos con gran potencial. Con el poder

del Espíritu podremos hacer lo que Él nos indique

y también suplirá la fuerza y la capacidad que

necesitemos.

Obteniendo la visión y dirección de Dios.

Nehemías se sintió desolado al enterarse de la

condición en que se encontraba Jerusalén, pero al

buscar a Dios en oración Él le asignó el papel que

debía desempeñar. Si usted supiera lo que debería

hacer por el resto de su vida, ¿en qué consistiría?

Busque al Señor con ese deseo y permita que Él lo

perfeccione; pídale que le capacite para cumplir

su voluntad para su vida; entregue sus sueños al

Padre celestial; y observe lo que Él hará en y por

medio de usted.

CONCLUSIÓN:

Como hijo de Dios, usted tiene el enorme

privilegio de doblar sus rodillas y hablar

personalmente con la autoridad suprema del

universo. No tenga en poco ese don precioso.

Con toda humildad acérquese al trono de la

gracia con sus necesidades, confiese su pecado

y admita que los desafíos que le presenta la vida

son demasiado difíciles para usted y que precisa

de su ayuda. El Padre celestial le revelará sus

planes y le capacitará concediéndole todo lo

que usted necesite para tener éxito.

¿Está usted dispuesto a orar, diciendo:“Señor,

no me siento capaz, pero obedeceré lo que tú

me ordenes”? Amigo, Dios le usará y le bendecirá

de manera sorprendente si usted está dispuesto

a someterse a su voluntad pues Él nos dice en

su Palabra que “la bendición de Jehová es la

que enriquece, y no añade tristeza con ella”

(Pr 10.22)

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